ariel

un río cuyo fondo guarda más luz que el cielo

nocturno

jueves 19 de noviembre de 2009

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Me he quitado unas cosas de encima y me siento más ligera. De momento, no he vuelto a concentrarme en la pérdida de Ariel. Espero seguir así una temporada. Me siento mejor que hace una semana. Muchísimo mejor.
Hemos dejado el conservatorio. Verdaderamente, exige una determinación que no tenemos. Un nivel de esfuerzo mantenido muy alto. Ni Antón ni nosotros tenemos ese afán de superación, disciplina y motivación. Ni los objetivos justifican el esfuerzo, desde luego. Nuestro carácter y, más aún, nuestras circunstancias hacen una estupidez de empecinarse en algo tan difícil. Porque ES difícil. El conservatorio es difícil. Como dice Antón “es tan serio, tan de mayores, y no es cierto lo que dices, mamá, de que el intento basta; si no lo haces bien se enfadan o ponen esa cara seria”. No way. Nos sentimos, ambos, mucho más relajados. Y es eso precisamente lo que necesitamos. Para otros quedan el conservatorio, el ballet, o la alta competición. Bebamus, mea Lesbia, et amemus. Carpe diem. La música enriquece, pero no nos va el estilo militar. No quiere ser concertista. Sólo quiere un hobby, Así sea.
Me mantengo fuerte, en general. Pensando en Ariel sin desgarro. Me pregunto si habré tocado fondo. Pero supongo que la pregunta es esencialmente equivocada. No debo preguntarme nada. Debo vivir día a día.
Tampoco siento la ira a la que me permití dar rienda suelta en los últimos posts.
El miedo recede.
Reímos en casa.
La constelación de Ariel tiene forma de niño dormido. Niño en paz. Niño que descansa. Así sea.
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viernes 13 de noviembre de 2009

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Miedo.
Tengo miedo.
No. No. No. No.
Ya estoy más tranquila.
De todos modos siento una firmeza ahora que me asusta. Se ha producido un gran cambio hoy tras esta temporada infernal. De repente no estoy trémula. De repente no soy una baba infame que se arrastra bajo la lluvia. De repente.
Es la preocupación real por mis hijos, obviamente. No trémula. Firme. Me asusta que sea ira. Me asusta la caída de la ira. La ira te mantiene enervada y fuerte, como un músculo sin grasa. M. me lo advirtió. La caída de la ira es terrible.
Y no. No quiero escribir. No me apetece nada escribir. Mucho menos en el blog. Porque no soy toda belleza y ternura. Porque tengo ansia de silencio. Por respeto a mí y a los demás. Rara. He de observarme. Hoy he sentido que perdía el control y, de repente, esto.
Ariel. Hoy he pensado en Ariel sin gran dolor. Hace un calor extraño. Me he sentado en la terraza mientras Álvaro daba vueltas en los patines persiguiendo un balón. He pensado en Ariel pero sin intensidad. Como la primera época después de su muerte, cuando era capaz de pensar en él sin gran dolor, sin una quemazón insoportable. No lloro. Creo que voy a pasar otra época de no llorar. Y no sé si me gusta. No sé si quiero.

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Es una cosa vergonzosa no ser sincero. Es una cosa vergonzosa ser sincero. Por otra parte es aún más vergonzoso ser sólo parcialmente sincero. Se ha generado tanta ternura en torno a esta desgraciada y su ángel perdido que siento que desairo a quien lee si expreso mi ira. Por los medios de comunicación, por la tecnología, por los centros comerciales, por la ropa, por el diseño, el mundo de la cultura, los movimientos sociales de todo tipo, los buenos sentimientos, los objetos, las celebridades, las últimas tendencias, la actualidad, las vanguardias, el espíritu. Decía Flaubert que si uno predica el bien durante demasiado tiempo termina volviéndose idiota. Lo siento. Yo me estoy volviendo idiota.
Por otra parte es humillante escribir para personas que pueden dejar comentarios en un blog, que tienen nombre –o nick- y que reaccionan a lo que dices. Es humillante porque toda intención de sinceridad termina desvirtuándose y acaba uno queriendo ser amable. Yo tengo un defecto, y es que quiero ser amada. He luchado durante toda mi vida contra ello y no consigo superarlo, así que callo.
Pero mi ansia de silencio es real. Y mi rabia. Es una de las jodidas fases ésas. Supongo. Rabia. No quiero dar golpe nunca más. No quiero mover un dedo. No quiero trabajar, ni gratis ni cobrando. Quiero estar inmóvil para siempre. Callada.
Ni de coña. No puedo callarme, pero puedo dejar de humillarme buscando soplos de brisa y nubes rosadas.
Todo lo que he escrito ha sido desde el fondo de mi estómago. Pero mi estómago es bastante amplio. Es una cavidad llena de chimeneas y sirenas. Suele ser de noche y a veces retumban los truenos, el viento azota a los vagabundos que miran con ojos nostálgicos las ventanas encendidas.
Es la puta fase ésa, ya os lo digo.
No quiero insultar. No quiero herir. Lloro de rabia por Ariel. Lloro de rabia porque le haya tocado a él la china. Lloro de rabia por tanta alegría muerta. Lloro de rabia porque no puedo evitar compadecerme de mí misma. Lloro de rabia porque no quiero trabajar, no quiero hacer nada, y tengo que hacerlo. No quiero ni pensar en otras personas que tienen que pasarse la vida trabajando, con sensación de ahogo constante y soportan también pérdidas. Sin haber tocado nunca el cielo con las puntas de los dedos. Lloro de rabia porque soy egoísta, porque no quería que esto me tocara a mí. A él. Lloro de rabia porque estoy harta de buscar belleza. Lloro de rabia porque estoy hasta los cojones de la televisión. Lloro de rabia cuando pienso que si hubiera un sentido en esto sería el de darme un par de hostias para que me espabilara. Un buen meneo, como dije. Si fuera supersticiosa creería que esto era un castigo, por haber deseado un buen meneo, por no querer trabajar, esforzarme, por estar cansada, por… pero si yo daba gracias a la vida cada día por lo que tenía. Lo único que no quería era trabajar, porque estaba cansada. Lo único de lo que estoy absolutamente segura es de mis hijos, de su presencia, de su solidez, de su amor, de mi amor por ellos, de su alegría de fuente. Un castigo más adecuado habría sido obligarme a trabajar en un trabajo asqueroso, por ejemplo. No, esto no es ningún castigo, afortunadamente.
Es una puta mierda, un azar de mierda.
Sangro, y cuando sangro no actúo. ¿Dónde he leído eso? Ah, en el libro de Bergman que estoy malleyendo.
Ni cuando me mantengo inmóvil y en silencio.
Tiene razón S. ¿De dónde surge este ansia mía por el silencio y la inmovilidad? ¿Será porque no conozco la soledad ni el silencio?
El desprecio por el mundo, el desprecio real, pasa desapercibido. Lo más triste de quienes deciden despreciar el mundo es que terminan verdaderamente aislados. Solos. Es la única dignidad posible, pero qué triste, imperceptible, absurda. Inexistente. Por otra parte tampoco los que se desgañitan existen. Nadie existe. Debería de dejar de comunicarme.
Rabia.
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No creo tener preguntas. Tampoco respuestas, lógicamente. Tengo amor y pérdida. Sólo eso. Nada más. Nada. Aún así me molesta escribir sin sinceridad. Yo que soy tan buena y tan desgraciada. Yo que soy tan buena y tan lista, yo que me merezco un médico o un dentista.
Sólo cierto arte me parece auténtico. Sólo ciertas personas, ciertas miradas, ciertas luces. En realidad vivo en un mundo falso, artificial, que me desagrada. Me desagrada todo. Nah, yo sólo siento un dolor sin consuelo, joder. Lo único que puedo hacer ahora mismo es aguantar, no maltratarme demasiado. Y como no puedo controlar algo tan etéreo como mis sentimientos o mi espíritu tengo que intentar controlar lo mesurable: horas de sueño, cantidad de comida, cantidad de alcohol, cantidad de tabaco, cantidad de dedicación a los deberes de Antón, cantidad de horas de trabajo casero, cantidad de horas en conversaciones con otros… Ese tipo de cosa. Debería reducir mi vida a eso. Quizá sea ése precisamente el motivo que tienen los metódicos para ser así de pulcros. Que es lo único susceptible de ser controlado.
Porque no puedo controlar nada más, joder.
Como dice Bergman, sólo el respeto maniático a unas normas me mantuvieron sobre la crisis profunda en que me encontraba. Paso de buscar la cita. Pero yo no sé sujetarme a ninguna norma. Llevo toda la vida intentándolo. ¿Y si ahora fuera cuestión de supervivencia? ¿Podría de repente convertirme en una persona controlada? Meticulosamente ordenada.
Nah. Tampoco sé si quiero eso. Sería un ejercer energía sobre el vacío.
Tengo que reconocer que hay personas que no me gustan. Hostia. El asesino, que es un gitano que vive aquí al lado y que no sonríe nunca. El dueño del bar éste, el que tampoco sonríe nunca. Parece que odian al mundo. Hay personas a las que me gustaría dar un pequeño susto.
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De repente hace mucho calor.

Se le murió un hijo. A ésa. Mírala. Mírala bien. A ver si se nota.

Qué sexy es. Qué… qué qué. Qué tiene Ingmar Bergman.

Atracción por el vacío, como yo.
Debería empezar a ver la muerte como ese vacío al que siempre he ansiado llegar.

Una afirmación prospectiva en la que nadie cree.
Me voy a ir al desierto, un día. Veréis.
No sé.
Un verdadero desahogo, el de antes. El calor me sienta bien. Ariel, mi amor. Soñé contigo un segundo, y mi corazón se puso a latir enloquecido. Estabas ante un espejo haciendo monadas. Alguien te decía que no tenías abuela, y tú hacías más monadas aún. Es tan difícil de describir tu forma de moverte.
Los movimientos de cada persona son tan esenciales a ésta como su voz o sus cejas. Y más difíciles de describir. Él se movía con la gracia de un payasete. Actuaba. Otras veces era un ser absolutamente serio.

Lo que no tiene sentido es esto. Para qué vivir así. Si la muerte se nos lleva sin más. Para qué. Quizá no haya comprendido nunca el sinsentido de la vida hasta ahora. Quizá lo comprendiera sólo intelectualmente y ahora lo he comprendido afectivamente. Sin embargo, nada cambia. Aún el bienestar de mis otros dos hijos es lo más importante. Aunque, la verdad, más allá de eso, nada tiene valor. Ni siquiera la escritura.
Escribo. E intento hacerlo bien. Lo que para mí significa bien, porque cuando no escribo de esta manera que no me avergüenza en una lectura posterior me siento irritada. Actuando. Falsa. No soy yo.

Aún así, por qué ese interés en reconocerme. Qué puede importarme. Y, sin embargo, me importa. Creo que es porque me irrita lo falso. Y crear yo algo falso, algo que dé una imagen de mí distorsionada me irrita. Aunque también personas que me conocen y nunca me han leído tienen de mí esa imagen bonachona y edulcorada. Por qué. ¿Porque no me enfado? Pues hace un rato he llevado a cabo un intento con bastante éxito.

Álvaro come un yogur cargado de azúcar a mi lado.
Está sorprendentemente caluroso. Es de noche y estamos en la terraza, como si fuera verano. Después de estos día tremebundos que hemos pasado. El pobre S. encontró un tiempo atroz. Vino de un delicioso veranillo de San Martin inglés a este tiempo de perros.

Los niños miran sobre mi hombro. Como no quiero que vean esta amargura escribo con un tamaño de letra minúsculo. Entonces empiezan a preguntarme cómo puedo escribir sin mirar.
Cómo puede haberme ocurrido esto a mí.
¿No estaba yo muy bien preparada para vivir?
Cómo puede haberle ocurrido esto a él.
No a mí. A él. Cómo puede haberle ocurrido esto a él. Que está muerto. Que no está. No está mal. No está bien. No está en peligro, ni sufriendo, no. No está solo. No está acompañado, no. No está siendo abrazado pero tampoco está siendo torturado ni física ni psicológicamente. No está de ninguna manera. No está. Está muerto. No. No está.
Ariel no está.
No es.
Ariel no es.
Ariel no es. No es nada. Un cadáver chiquitín, la última vez que lo vi. No quiero recordarlo así, por supuesto. Sus hermanos se diluyen ante su brillo. Ariel era mío. Todo mío, entero, joder, me lo podía comer si quería, podía devorarlo, estrecharlo hasta ahogarlo si quería, podía levantarlo en brazos, empujarlo, dejarlo en el suelo, ejercer mi fuerza suave en forma de caricias sobre él, mi fuerza bruta en forma de choque contra él, si quería. Podía besarlo hasta el hastío. Podía provocarlo para que hiciera cosas. Para que riera o para que llorara o para que se pusiera serio, aunque no era, en realidad, tan manejable. Podía hacer cosas con él. Y ahora nada, no puedo nada.
Me debato entre una pena que me doy a mí misma tan grande madrecita tan grande esta pena que me doy y un deseo que me enloquece de tenerlo, como los amantes que asesinan a sus amadas y las pierden definitivamente. Ergo, no las asesinan para tenerlas los muy cabronazos, sino por venganza.
Me doy tanta pena. No merecía esto, eh. Pero la vida no reparte según regla alguna. Unos tienen suerte y otros no, así de simple. Todos sufren. ¿Habrá alguien que no sufra? ¿Y que no sufra mucho?
Me pregunto si habrá alguien que no sufra mucho.
Lo importante de esto no es mi dolor. Es que Ariel no está.
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No soporto la erudición. Lo cual es una gran desventaja a la hora de ofrecerse, porque el mundo se amilana ante la erudición. Por supuesto, mi mala memoria puede ser la responsable de este desagrado. También yo a veces me dejo apabullar ante la erudición. Pero, en general, me aburre infinitamente. Los datos no esenciales sobran.
Leo Imágenes, de Bergman. Muy inspirador. Bergman me encanta.
Dice:
“De esto se deduce que la crisis era profunda. Me fijé exactamente las mismas normas que cuando estaba tratando de levantar cabeza tras el asunto de los impuestos. El cumplimiento maniático de las normas fue mi manera de sobrevivir.”
Yo soy incapaz de cumplir normas, mucho menos de manera maniática.
Ni siquiera eso puedo hacer.

Lo que sí siento es un bloqueo. Me siento vacía. Intuyo que debería avanzar, de alguna manera, y la creatividad es mi único recurso, pero me siento vacía y sin interés.

Imágenes que me asaltan últimamente no directamente relacionadas co0n Ariel:
El viejo furibundo que golpea campanas. Ira.
El fin de la humanidad. Esta mañana desperté soñando que era el fin de la humanidad.
-¿Es el fin de la humanidad y no te importa? –me preguntaba a mí misma.
Estaba sorprendentemente tranquila.

No quiero complacer a nadie. Adoptar el tono elegíaco y dulce dominante en la primera época de mi duelo.

Quiero escupir.
En realidad estoy harta de los consejos bienintencionados. Las presuposiciones son erróneas. Y eso me irrita, porque se repite. Tengo que salir, tengo que hacer cosas, tengo que no estresarme, tengo que ser cariñosa. Esos consejos implican que no salgo, que no hago cosas, que no intento mantenerme tranquila, que no soy cariñosa. En mi lucha constante conmigo misma están presentes todas mis debilidades. En mi estado actual tengo presentes esos aspectos, por demás obvios. ¿Qué es lo irritante? La seguridad de que nada es útil. Estoy caminando por un pantano, con los ojos anegados y los brazos extendidos ante mí.
¡Claro que me arrastro, joder! ¡Claro que me esfuerzo, joder! No hago otra cosa más que esforzarme y arrastrarme y hacer de tripas corazón. Repetirme una y otra vez que lo haga es dar por sentado que no lo hago o no lo intento.
Pido perdón. Pido perdón a mi madre, pido perdón al mundo. Sé que me quieren, que por eso sienten que deben recordarme ciertas cosas, decirme ciertas cosas. Que están preocupados por mí.

Pero yo, aniquilada, sé que no hay nada que puedan decirme. Sólo quiero mimos. Sufren por Ariel y sufren por nosotros. También quiero que no sufran.

Un anciano furibundo que golpea con su bastón macizos de flores. Que golpea las tres campanas de la iglesia. Está en un campanario redondo y gira en su silla de ruedas golpeando una y otra campana. El ruido de las campanas viaja por el valle. Al fondo del valle corre un río sucio.

Quizá he tenido ya suficiente realidad.
El ruido de las campanas de mi cabeza.
Las golpeo con furia. Llenándome el pecho de babas.
Las comisuras de mi boca se rajan de pura furia.
El aire se hace añicos con mi furia metálica de campana.

También hay un puto buque oxidado que golpeo constantemente.
Abandonado.
El fin del mundo está cerca. Del mío, al menos.


El diario secreto de la madre muerta.
Basura.
No quiero escribir basura.
Quiero rabia.

Expulsar por esta boca mía enorme.

No voy a crecer con esta muerte.
No crecimiento interior. Nada que encontrar. La sabiduría es un mito como cualquier otro. Lo único sabio es la resignación. La aceptación, y alejar de uno conflictos lacerantes.

Envejezco a una velocidad endiablada. Odio el mundo moderno. La televisión me hunde en el infierno. Los medios de expresión de la imbecilidad se han desarrollado hasta un extremo pesadillesco. Los vampiros. ¡Dios, los vampiros! Cientos de años de vida no los hacen una pizca más interesantes. No son más que adolescentes patéticos.
Odio la cultura de la adolescencia. ¿Habrá en el mundo mezquino éste nuestro alguna cultura que no haya sido entregada a la adolescencia? Ya no se trata de juventud. Eso quedó a tras después de Baudelaire, joder. Ahora es adolescencia tontorrona y consumista. Odio los mensajes antisistema. Odio los tópicos. Odio el sexo mediático. Busco hombres, como Diógenes. Miradas. Y sólo las encuentro en la realidad. Los medios de comunicación son demenciales. ¿Sueña la gente todavía? ¿Y si les soltáramos un par de hostias a todos? ¿No se quedarían un poco más satisfechos, saciados?
-Mira, joder, mira tu propia muerte. Mira la muerte de los que quieres.

Ira.
Odio a los vampiros.
Empiezo a desear el fin de todo.
Sólo las grandes praderas vacías iluminadas por el ocaso tienen dignidad.
Sólo la naturaleza tiene dignidad.

El arte es inútil.
El mundo tal como lo concebimos se ha acabado.
Los artistas, los poetas, viven una frenética búsqueda de esencia. Dedican muchísimas más horas a promocionarse que a trabajar en su arte. Volvemos a la edad media. No es que la cultura se refugie en unos pocos monasterios. Es el vacío el que ha de refugiarse en cada corazón, en cada casa. En la arquitectura tradicional japonesa existe una habitación vacía. Pequeña, como una despensa. No hay nada en ella. No creo que los japoneses sigan conservando en sus hogares esas habitaciones vacías. Están apretados. Bajo montañas de palillos de madera.
Hasta hablar del vacío es un tópico.
La única dignidad posible hoy en día es renunciar a los medios de comunicación.
Vivir en el vacío. Ya sé, ya sé que llevo toda mi puta vida añorando soledad y vacío y que soy la persona menos solitaria del mundo. Quizá sea eso. Una advenediza de la soledad. Como el biopijo. Como el antisistema. Como el rebelde de pacotilla.
Mi ansia es profunda.
Pero no cantéis victoria. A lo mejor mi camino es ése y a lo mejor desarrollarme consiste en llegar al silencio, al vacío, a la muerte fuera de escena. Absurdo decir estas cosas en un medio público, sí. Como hablar de la revolución con tarjetas de crédito en el bolsillo. No soy de este mundo. Lo rechazo. Quiero prepararme para morir. Quiero vivir lo que me queda cerca de la tierra, de bruces, oliéndola, yaciendo sobre mi lomo para medir la profundidad del cielo. La profundidad de la tierra. La profundidad del cielo.
No me importa que todo acabe. Ya no me gusta este rollo. No me gusta el mundo. Está podrido. Hueco.
Ah, si pudiera destruir el mundo. La tecnología. Porque odio la tecnología. El ruido. Odio el ruido. ¿Por qué os reís? ¿Qué derecho tenéis a reíros? ¿Porque nunca he estado sola creéis que podéis reíros de mí? ¡Ah, pero ahora tengo cierta autoridad, eh! ¡Ahora tengo licencia para matar! Ahora puedo estar segura de que sufro.
Odio la televisión.
Odio la cultura. ¡El mundo de la cultura! ¡El mundo de la cultura! Es buenísimo, es cojonudo, es todo un descubrimiento, es la punta de lanza, es el aladid, es la vanguardia. ¡La vanguardia! Dios santo. ¿Todavía hay alguien que crea en la vanguardia? ¿Todavía hay quien cree que sabe algo más que alguien más viejo? Datos, datos, más datos. Más datos, venga. Más recopilaciones. Me muero de risa cuando oigo hablar de las editoriales online. Me descojono. Todo el mundo hablando. Todo el mundo hablando a la vez. El crítico ya no será sólo un crítico, será un explorador. Habrá exploradores y habrá críticos. Será imposible descubrir entre la maraña una voz original. Y todavía hay quien quiere estar al tanto de la actualidad, válgame dios qué ingenuidad asombrosa.
Odio los proyectos, odio a las organizaciones no gubernamentales. Odio a los lamas, odio la homeopatía, odio las biografías de músicos de rock, odio a las celebridades. Odio los movimientos. El movimiento gay, el movimiento espiritual, el movimiento revolucionario. Odio a la masa. Odio a la masa. Odio a la masa.
¿Escupo? Tengo derecho, joder, tengo derecho a escupir, me cago en dios. Tengo derecho a no inmutarme si se acaba el mundo.
¡Las cifras! ¡Las cantidades! Los estudios. Hay estudios por la universidad d winconsin que demuestran que. Que. Que.
Voy a acabar con todo esto. Voy a acabar con este blog. Voy a acabar con todo. Sólo quiero a Ariel. Sólo quiero a los que quiero. El resto del mundo, con toda sinceridad, me deja indiferente. Es más: me parece vergonzoso. No malo, eh. No malo. Sólo vergonzoso. Sólo me gustan las personas de una en una y fuera de los medios de comunicación. Eso sí: me gusta casi todo el mundo. Pero ah, sólo verlos observando la pantalla de la televisión me da ganas de soltarles un martillazo. Todo el mundo me da pena. Me dan pena todos. Sufren. Sufren a lo bobo, sí, pero sufren. Beben, compran, comen compulsivamente. Todo es un afán de agarrarse a algo. Está ahí la muerte y no la quieren ver. Tragar, tragar, tragar, sólo así nos vemos a nosotros mismos, adquirimos cierto peso para no irnos volando hasta las nubes. Tragar. O dejar de ser libres, también. O ser contemplados, amados, creador, dominados. Oh, un hombre que nos domine, eso nos deja saciadas, nos hace creer que existimos, que tenemos un valor. Valor de cambio, un coche, una casa, una persona. Salimos con el alma humillada al mercado, a ofrecernos, hombres y mujeres. Sólo los niños se salvan del mercado, sólo ellos son capaces en ocasiones, cuando son muy pequeños –en seguida aprenden- de sentirse cómodos jugando con una chincheta.
La literatura ha hecho mucho daño, eso lo sabemos. El cine, más. Y la televisión ha asesinado a la humanidad. Qué gratificante delirio de furia.
Porque si todos somos una mierda la vida no merece la pena, y Ariel está a salvo de la inmundicia. Ariel no será depresivo, ni alcohólico, ni bipolar, ni adicto a la pornografía, ni incapaz de comprometerse, ni incapaz de ser libre.
Antón duerme a mi lado.
Yo expulso mierda. Rabia. Rabia.
Voy de libro en libro y no me quedo en ninguno. Nada nace mella en mí. Consumo, consumo, consumo. Me evado, que es casi lo mejor que puedo hacer. No recuerdo ningún dato. De nada. Al contrario que el tipo del cuento de Borges cuyo nombre tampoco recuerdo. No recuerdo nada. Eso me mantiene un poco limpia. Sé que hay jugadores de fútbol. E hijos de famosos. Cortesanas. Pero no hay casi nada más. Quiero algo. Quiero algo auténtico.
Quizá debería empezar a morir. Volver a mi infancia, intentar recordar pensamientos puros.
Casi todo lo que he dicho es mentira.
Pero me ha gustado decirlo.
Es todo verdad.
Es todo mentira.
Porque lo que no puedo dejar de sentir nunca es este amor por la gente. Por la vida. Por la naturaleza. Es lo único. Pero es todo verdad.
Odio el ruido, el tráfago, la televisión. Internet. Odio la manera que tiene de absorberme. Ruido. Ruido. Ruido.
La respiración de Antón, que duerme a mi lado, es un milagro. Aunque él sea tan rematadamente difícil. Aunque sea capaz de fingirse enfermo. Aunque no sepa cómo canalizar su dolor. Como yo. Como todos.
Odio.
Odio tener que hacer cosas. Y tengo que hacer la comida ahora mismo.

...
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Álvaro llora desconsoladamente por las noches. Anoche lloró porque cambiamos la tele. Alguien nos dio una con la pantalla mayor, y la cambiamos. Álvaro no quería. No quería que cambiara nada, decía. No quería que cambiara nada. Hoy lloró porque su padre no lo llevó al videoclub a devolver las películas. Era demasiado tarde. Lloró desconsoladamente. Y no quiso decir lo de “Arielito de mi vida”. Está cansado de decir lo mismo cada noche, creo. El otro día improvisé un poemita nuevo que olvidamos. Debería escribir alguno tipo Gloria Fuertes. Les encantan las rimas.

Esta noche les canté un par de nanas. Duerme negrito. Y Duérmete fiu del alma. Antón recordó que cuando quería mimos de Ariel le cantaba Duérmete mi niño, duérmete mi amor, y él ronroneaba a su lado. Y luego recordó que Ariel hacía un gesto muy particular que también es de Álvaro. Pero la verdad es que era más de Ariel. Antón regala estas cosas a Álvaro, para que sienta más intensamente su unión con Ariel.
El gesto es el de apoyar la cabeza, la frente, en el pecho –o la barriga, si pertenece a un adulto- del otro, y moverla a uno y otro lado gruñendo como si quisiera taladrarlo. Ése era un gesto característico de Ariel. Cuando estaba enfadado. Pero no demasiado enfadado, porque era gracioso. Pero es cierto que también es un gesto de Álvaro. No sé cuál lo hizo antes.
Antón hace regalos así.
Él está encantado de su parecido físico con Ariel.
El otro día dijo, también estaba Álvaro, que si tenían hijos seguro que alguno se parecía a Ariel. Yo le dije que seguro que sí. Que tendrían tantos genes de Ariel como suyos y, por tanto, serían un poco Ariel. Es este mismo sentimiento genético de unión con el universo que yo tengo y del que hablaba el otro día con V., que espera su segundo hijo adoptado. Porque ella no concede importancia a los genes. Yo sí. Para mí reconocer en un hijo mío la mirada maliciosa de mi abuela es un milagro. O descubrir que tienen un lunar en el homoplato como mi padre o mi suegro. Esas cosas. Pura magia. Sé que desde una perspectiva más amplia no tiene importancia. Que nuestros genes están mezclados con los del resto de la humanidad. Por supuesto sé que no implica un amor mayor o menor por un hijo. Pero a mí me hace sentirme entretejida en el cosmos. Continuadora de una herencia. Extraño. Mi visión es mucho más común. Ella es la original, desde luego. Ella prefiere dar amor a un niño ya nacido que no lo tiene. Lo cual es maravillosamente generoso. Yo soy más egoísta.

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Días malos.
Este dolor no es nada bello ya. Si no fuera por tus hermanos –que me agotan, también, claro- me moriría. De qué. No lo sé. De asco. De vacío. De nada. Porque tú no estás y nada más hay sobre la tierra que me interese. Y veo a papá tan triste. Vacío también. Llevo cinco cigarrillos hoy, sólo. Eso está bien, ¿verdad?
Hoy le tomé la temperatura a Antón con el termómetro digital. La última temperatura guardada, la de la memoria, era tuya: 38 y algo, casi y medio. Fue lo que tuviste los últimos días. Cuando ya estabas muriendo y no lo sabíamos.
Todo es feo ahora. También es este sucio tiempo invernal. S. me mira con una compasión tan líquida. No quiero que sufra. Le he intentado explicar que no me ayuda, que es inútil, absolutamente no práctico. Dice que lo intentará, pero que ahora ya sabe que miento por teléfono. Que no digo la verdad, que aparento estar mejor de lo que estoy. No es cierto. A veces estoy mejor. Es sólo esta desolación que crece y crece según crece el invierno.
Dios, Ariel. Tu risa, tu voz.
-Mida, mami.
Lo imagino todo el tiempo.
-Mida, mami.
La brutalidad de la vida me deja vacía. Noqueada. Estoy noqueada. No puedo caminar. Toda la fuerza del principio me ha abandonado. Soy un deshecho. Un cuerpo maltrecho y un alma torturada. Ninguna grandeza en tu muerte. Su inutilidad. Tú, mi bien, un ser tan dotado para la vida.

...
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De acuerdo, mi ángel. No voy a fumar hasta después de comer. Así me sentiré mejor. No he dado tiempo a mi cabeza para despejarse. Y estoy rapidísimamente cansada tan sólo después de haber trabajado, ¿qué?, ¿media hora? Absurdo.

Viento cargado de ceniza en mi cabeza
Amarillas flores silvestres fuera de estación
Agua gris
Silencio

Mi niño Ariel sigue ido y yo sigo aquí viviendo
Casi como si nada
El dolor es difícil de arrastrar por el día
Y por la noche me sume en un deseo de anulación

Tu vida perdida. No usada. Qué desperdicio, una vida ganada y después arrebatada.
No puedo escribir. Es ridículo. Ahora no puedo. Antes podía, y ahora me siento muerta, anulada, no consigo escribir, cuando tengo tiempo. No sé qué quiero. Ni siquiera leo. No hago nada, estoy aturdida, camino entre los días como un fantasma
Debería pensar sólo en qué me apetece hacer realmente. En realidad, qué me apetece hacer. ahora mismo me apetece no fumar durante un tiempo y leer El universo elegante.


De aquél tiempo.
Porque recordaré este tiempo
Siempre
Con dolor.
Aquél tiempo.
El tiempo de Ariel.
El tiempo después de Ariel.
Dios. Ariel no está. Ariel mío. Ariel.
Ariel no está.
...
...
Esto es duro. Mis sábanas son duras y frías. Cuando las toco suenan rac rac rac como insectos. Así son los días. Sin sombras. Sólo un sol frío que rompe el mundo en aristas. Así son los días. Duros. Sombras y luces. Sobre todo frío.



Mi querido Ariel:
Los días pasan. Un día, otro día, otro más. Tú no estás y no lo comprendo. Que tus ojos puedan no estar. Que no puedas hacernos tu paso de baile. Que no se oiga tu voz en la sala y no entres en mi habitación para acurrucarte a mi lado. No sé dónde estás. No sé qué ha sido de ti.

Va a ser un largo y oscuro invierno, mi amor.

Melancolía. Profunda melancolía. Sin ti el mundo es un lugar mucho menos hermoso.
Un día me reuniré contigo y todo habrá terminado.
Te encontraré en el cielo.
Me hundiré en tu dulzura.
Porque la muerte es ahora un lugar distinto, más claro, lleno de azul.

Basura. Escribo basura. Nada más. Sólo quiero sentirte cerca. Pero no tanto como si viera tus vídeos. No, no tanto.

Basura, escribo. Pero no me importa. No me importa nada. Qué más da. Sé que tengo que estar contigo a lo largo del día. Contigo, a solas. Con mi amor.

Quizá si me concentro lo suficiente en esa idea me sentiré mejor. En la idea de que me hundiré en ti, de que me uniré a ti en un abrazo infinito, profundo, cósmico. Tengo que abrazar a Álvaro y a Antón. Necesito abrazar a mis niños. Tienen los genes de Ariel. Y cuando tengan hijos alguno se parecerá a él.

Pasan los días. Bebo y fumo y mi cuerpo se resiente. Tengo un dolor de cabeza y un mareo casi constantes. Absurdo. Pero, alas, es lo que hago. Me maltrato. Debería cuidarme. Para mi niño. Para pensar con lucidez en él. Para pensar en él, en su piel de nata.


Cuidarme, ahora mismo, significa qué. Cuidar mis formas, como en otras ocasiones. El cuidado de mi forma –indisoluble del fondo- supone no fumar –o fumar lo mínimo- , no beber –o beber lo mínimo-, madrugar, mantener mis asuntos mundanos en orden, y dedicar varias horas al día a leer, estudiar o escribir. Y ya. Eso es lo único que puedo hacer para cuidarme. Está claro. El dolor de cabeza constante, la dificultad extrema que desarrollar cualquier tarea implica el fumar, etc., todo eso afecta a mi organismo en todos sus ámbitos. No puede ser. De acuerdo. He de trabajar ahora. Recoger. Hacer que los niños estudien.
...

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